Respeto

El respeto:  un valor central para la convivencia  y el buen desarrollo de la actividad escolar.

Hablamos de ciertas actuaciones y conductas persistentes que desafían o niegan la autoridad del profesorado, provocando la pérdida del control de la clase y alterando el desarrollo normal de la misma.

La reiteración de conductas ignorando las indicaciones que el profesor realiza, las interrupciones durante las explicaciones y las respuestas fuera de tono, mostrando desdén y desprecio directamente o a través de gestos desafiantes, son casos de falta de respeto.

“Cada vez estamos peor” es una expresión reiterada y una idea ampliamente compartida entre el profesorado.

La mayoría de las amonestaciones y las quejas se centran en unos pocos alumnos – “siempre son los mismos”-, que son capaces de bloquear las clases y captar toda la atención del profesorado, las discusiones de los claustros, las reuniones de equipos educativos, los servicios de orientación y el tiempo de los directivos.

Lo que se percibe es que los alumnos con peor adaptación escolar, disruptivos y que no respetan las normas del centro ni al profesorado tienen detrás familias que, o bien están lejos de ser modelos de referencia adecuados, o bien no ejercen como guías, no controlan a sus hijos, les permiten vagar por las calles sin supervisión y, cuando están en casa, la convivencia es escasa, pues disponen en sus habitaciones de todo lo necesario para entretenerse y aislarse del contexto familiar: televisión, ordenador, móviles e internet. En estos contextos, los niños crecen sin límites, sin control, sin una relación familiar sólida que aporte modelos de referencia. El resultado es que, cuando alcanzan la adolescencia, las familias se sienten desbordadas, algunas confiesan que no pueden dominar a sus hijos y esperan que sea la escuela la que asuma la labor de educarlos.

En el hogar se han de forjar las normas básicas de convivencia (como el respeto), los hábitos y la disciplina. La escuela no puede actuar unilateralmente: es fundamental la colaboración de la familia.

Un caso frecuentemente comentado es que, cuando se ponen en contacto con las familias para notificar un problema, estas justifican a su hijo o dan muestras de desinterés. Y la sensación entre los docentes es que, mientras los derechos del alumnado deben ser respetados al máximo, a ellos se les piden cuentas por cualquier error.

El alumno lo sabe y no pocas veces aprovecha esta nueva relación de fuerzas para provocar hasta que el profesor pierde el control y, seguidamente, reivindicar sus derechos ante cualquier instancia: “me ha llamado tonto”, “me ha gritado”; o, si hay contacto físico como cogerlo del brazo para apartarlo o frenarlo, no es extraño que grite un “a mí no me toques”, “me haces daño”, “te voy a denunciar”.

Ciertamente, el profesorado debe ser un modelo de comportamiento y la relación de respeto hacia el alumno ha de ser exquisita. Coincido con Gardner cuando afirma: “[el] respeto no es algo que se pueda pedir, sino que se tiene que ganar. Y los niños ven la diferencia entre el profesor que pide ser respetado sin ninguna otra razón y el que se gana el respeto de los estudiantes. Pero también es importante cómo trata el resto de la sociedad a los profesores. […]. En Finlandia y en Singapur el profesor se gana el respeto, pero a la vez es respetado también por la sociedad.”

El espectro de situaciones que pueden considerarse faltas de respeto es muy amplio y el nivel de tolerancia de cada profesor es variable; pero todas remiten a comportamientos que desafían su autoridad y que pueden dificultar el control de la clase. Estas actitudes suelen ser provocadas por alumnos repetidores y con desfases curriculares importantes. Se trata, por tanto, de un fenómeno estrechamente vinculado a la inadaptación y al fracaso escolar. Se observa una tendencia a considerar la falta de respeto como causa y no como consecuencia de un proceso desafección escolar progresiva que viven ciertos alumnos.

Los modelos sociales de “éxito” sin esfuerzo y antiacadémicos, las familias disfuncionales o con escasa implicación y los trastornos no diagnosticados o no tratados son algunas de las realidades que se hallan detrás de estos alumnos. Frente a ellas, el esfuerzo del docente para conseguir que el alumno se involucre en la actividad escolar y alcance el éxito académico es tremendamente exigente y, en muchos casos, frustrante.

Aunque el profesorado cree en la bondad del sistema, también es consciente de la necesidad de introducir cambios para mejorarlo y conseguir un ambiente adecuado para enseñar y aprender. En su discurso, admite la necesidad de mejorar sus competencias profesionales y adaptarlas a la nueva realidad educativa; pero, en la práctica, cuando se enfocan en los problemas, es raro que reconozcan que estos podrían solventarse o paliarse a través de un cambio profesional (desarrollando nuevas competencias, aplicando nuevas metodologías o replanteándose algunos objetivos curriculares).

La escolarización obligatoria sin los medios suficientes para atender a la diversidad ha generado en ciertos alumnos efectos directos más negativos que la propia desescolarización, a la vez que se da una degradación de todo el sistema. Así, estamos asistiendo a una inclusión aparente, que en el fondo es un acto de violencia del sistema sobre el alumno, pues no ha generado condiciones adecuadas para incluirlo. En pocas palabras, no toda la diversidad está siendo igualmente atendida.

Los problemas de respeto y otras formas de violencia como el acoso escolar o la disrupción son señales de alarma de que algo no se está haciendo bien. Sin embargo, este diagnóstico no se está utilizando para abordar el problema; al contrario, con frecuencia, se cree que la responsabilidad es exclusiva del alumno.

Tres aspectos estructurales son aceptados con escasa crítica y ninguna resistencia por parte del profesorado, quedando generalmente olvidados en sus relatos y eliminados del análisis de la realidad percibida:

El primero es que buena parte del problema es la concentración de alumnos con mayores necesidades de atención educativa en el centro.

El segundo aspecto es que se podría atender a la diversidad y mejorar el alcance y el éxito de la inclusión y la comprensividad con más recursos, más flexibilidad curricular y organizativa, bajando las ratios, mejorando la formación docente y motivando al profesorado para asumir los retos que supone trabajar en grupos de mayor dificultad.

El tercero es que, bajo las condiciones organizativas, curriculares y de recursos cada vez más limitados que la administración impone, el profesorado, en un alarde de prestidigitación o, dicho en términos pedagógicos, a través de su creatividad e innovación didáctica, será capaz de reconducir todas las situaciones y dar una respuesta adecuada a cada alumno.

La falta de respeto ha de abordarse no como un problema, sino como un síntoma. En este sentido, es urgente que el profesorado se convierta en un agente de cambio y que ayude a desarrollar una mirada más amplia y crítica sobre la realidad escolar.

El docente no puede ser el parapeto de un sistema ineficaz e injusto, ni aceptar su degradación, pues es su responsabilidad tomar la iniciativa, debatir, reflexionar, denunciar y demandar los recursos y los cambios que permitan incluir cada vez a más jóvenes en un espacio de convivencia que respete la diversidad y que proporcione a todos la mejor educación.

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